UNA HISTORIA DE GERA...
Muchas tristes historias empiezan como un juego. En el caso que voy a narrar, así fue: primero me cogieron, pobre de mí, y me pasearon por todo el patio, cual reo de la Santa Inquisición. Pero, ¡ay amigo! Una vez llegados a la improvisada celda, Amalia pensó que sería mejor asegurarse de que no me fugara; fue entonces rauda y veloz a por una cuerda, y empezó su maquiavélico plan: y es que su objetivo, reveló orgullosa, era retenerme allí para que los mayores "no tuvieran que estudiar", ya que estábamos próximos al fin del recreo. Por descontando, los citados mayores animaron a la carcelera a emplear más cuerdas -conté cuatro-, hasta qué un servidor se quedó inmovilizado de pies y manos. No había salida, ni estudio... El sector primario, la población de España y los cuerpos celestes se quedarían huérfanos de oyentes... Amalia estaba -su esfuerzo le costó- especialmente orgullosa de sus nudos marineros; justo es decirlo, hizo un trabajo estupendo. No se sabe cómo, quizá fruto del azar, o de algún tipo de ayuda divina, pude al fin librarme de mi tormento. Y sí, los mayores tuvieron su prometida ración de Ciencias Sociales...
Dos valiosas conclusiones se pueden extraer de este episodio: en primer lugar, pues sí, tienen razón: la ropa me queda grande. Pero es que... a ver, si total la primavera ya está ahí, y vuelven las camisetas y pantalones cortos... No, no me merece la pena, la vida es cuestión de prioridades y las mías se enfocan más hacia el gasto en "chorradas", como dicen ellos, que en vestuario. La segunda conclusión, aunque ya está muy probada, es que se pasa la mar de bien en los recreos de Gera... ¡Aunque mañana no me pillan, voto a bríos!


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